Reflexiones con motivo del libro La noción de ciencia en Manuel Sacristán, de José Sarrión Andaluz

 

 

José Sarrión es diputado de las Cortes de Castilla y León por Izquierda Unida y profesor de antropología en la Universidad Pontificia de Salamanca. La primera vez que hablé con él fue porque quería informarse mejor de los efectos del glifosato, quería valorar con un criterio científico las propuestas de ley de erradicación del glifosato de los parques y ciudades de CyL, sin charlatanería pseudocientífica o cientifista. Y es que José, en mi opinión, es un “intelectual orgánico”, un filósofo de Tesis 11.

Se doctoró en filosofía, un PhD de los de verdad, con la tesis: “La noción de ciencia en Manuel Sacristán”, y decide que ese trabajo no puede quedarse en un ámbito académico, sino que tiene que ir a la militancia, debe servir para transformar el mundo, como debe ser.

Yo, sin embargo, soy científico de formación, licenciado en Biología y con 13 años de experiencia en el laboratorio. El libro de Sarrión me habla de “la noción de ciencia en Sacristán”, y os debo confesar una cosa, lo he terminado con cierta rabia, porque no lo he entendido todo, no he sido capaz de incorporarlo en su totalidad a mi caja de herramientas. Y no es porque esté mal escrito o estructurado, para nada, más bien al contrario. Y creo que no lo he aprehendido en su totalidad precisamente porque soy científico, porque a los científicos nos castran intelectualmente para que nuestro centro gravitacional ideológico sea el cientifista. La tecnociencia toma el poder y desplaza al humanismo y a la filosofía. Somos “Philosophy doctors”, pero no sabemos nada de filosofía, y eso no es más que pura ideología.

Pero aún así me ha sido muy útil, y os lo muestro a continuación.

Llevo algunos años en una disyuntiva, cómo criticar las explicaciones del pensamiento mágico sin caer en el cientifismo y viceversa. Sacristán estudió esta polarización. El pensamiento mágico en su tiempo se manifestaba como una apología exagerada del orientalismo, fruto por otro lado de los obvios temores a las consecuencias de la técnica (nuclear, revolución verde, etc.). Así, él plantea que como no podemos poner freno al desarrollo científico, tenemos que aumentar en poder social, sobre la ciencia y en general. Esto es fundamental, lo que nos dice Sacristán a través de Sarrión es que no vale acudir a las pseudociencias y pensamientos mágicos, o caer rendido ante el solucionismo tecnológico, sino que la única opción es la de un aumento del poder popular.

Es necesario que la política, no la politiquería, tome las riendas. No por nada Sacristán entiende que los “nuevos” movimientos como el ecologista son fundamentales.

Por eso es importante este libro. En los tiempos que corren, la izquierda militante no le dedica tiempo a estudiar sobre ciencia y tecnología. José Sarrión, con la inestimable ayuda de Salvador López Arnal, ha leído, sistematizado, ordenado y resumido e inmenso trabajo sobre ciencia del filósofo para que nosotros, los militantes que estamos perdidos entre el pensamiento mágico de pseudociencias y conspiraciones, y el autoritarismo de los mal llamados escépticos, podamos recuperar algo de cordura, de razón materialista.

El libro está dividido en 3 apartados: El primero trata la lógica en Sacristán y su aportación a la ciencia. El segundo, su posición con respecto a los filósofos de la ciencia (Russell, Carnap, Quine y Popper). El tercero, la influencia del pensamiento científico de Sacristán en su interpretación del marxismo. Y el final de cada capítulo tiene unos resúmenes muy útiles.

El problema de la ciencia es su alta calidad epistemológica.

La ciencia es una fuerza productiva, y como tal no puede dejar de mejorarse, de hacerse más eficiente. Es lo que llaman competitividad. Para ello es imprescindible que la ciencia detrás de la tecnología tenga lo que Sacristán llamó “buena calidad epistémica”. Y este era el gran temor de Sacristán, esa “calidad epistémica” encierra un poder destructor enorme, solo hay que ver las bombas nucleares o el incremento bestial del turismo de masas con consecuencias ambientales y sociales tremendas, por poner dos ejemplos.

Sin embargo, aquí creo que Sacristán no pudo (por época) percibir que esta calidad epistémica no se puede aplicar a todas las ciencias. Cuando la técnica lidera la ciencia, y el mercado financiero a ambas, el beneficio marca el ritmo [i] . En el caso de la investigación biotecnológica, lo importante es convertir la técnica en mercancía lo antes posible, sin saber muy bien si funciona o cómo [ii] . Porque no es lo mismo hacer que un avión funcione o aumentar el poder destructivo de un misil, que desarrollar un medicamento contra el cáncer.

De hecho él pone como ejemplo la ingeniería genética. Y cae en un reduccionismo involuntario. Me intento explicar:

Una de las falacias de los defensores del uso de los transgénicos en agricultura, y que yo he utilizado mucho, es el de decir que al final la ingeniería genética no hace más que copiar lo que hace la naturaleza. En este [iii] artículo lo expresan de manera bíblica: Ella, la naturaleza, como Dios, nos muestra sus herramientas, que son ineficientes, y nosotros las mejoramos para hacerlas más eficientes, reDios.

Esto tiene problemas graves.

1- La arrogancia nos hace creer que sabemos “lo que ha hecho la naturaleza”, o sea que realmente entendemos esos procesos.

2- Lo que nos lleva a hacer asunciones de observaciones futuras. “Si este gen hace esto en este contexto, al cambiarlo de contexto seguirá haciendo lo mismo”.

Sacristán no podía prever los avances en biología celular, y que la misma ciencia terminara desmontando la idea reduccionista de que en los genes está la información de la vida. Por tanto, los peligros de la manipulación genética están más no en su poder (de nuevo) epistemológico, sino precisamente en lo poco que sabemos de la ontología de la vida, y las consecuencias de la manipulación de algunos de sus elementos al interaccionar con otros. 

3- Volveremos a hacer observaciones y asumiremos que son lo que son, y sobre todo, que estamos observando todo lo que puede ser, desconociendo muchos de los mecanismos biológicos que llevan a la complejidad de la vida. Porque creemos que las ciencias biológicas tienen suficiente calidad epistemológica para tener fe en la “eficiencia” de esa tecnología.

4- Se da por hecho que lo que surge de la tecnociencia es beneficioso y necesario. Dice el artículo, “Lo que nosotros hemos hecho es observar atentamente y copiar. Hemos visto cambios durante años en nuestras plantas y cultivos. No sabíamos qué era, sólo pasaba y nos adaptábamos sin más, sin preguntar. Las prioridades eran otras, o no teníamos medios… o no teníamos ganas”. Exacto, no teníamos ganas, porque nos bastaba con lo que teníamos, y durante miles de años funcionó.

La tecnociencia tiene que estar sometida a la políticaLa aportación clave del libro es: “La tecnociencia en sí… es ambigua o neutra, su aplicación puede presentar beneficios o riesgos, y ambos son mayores en la medida en que lo es su calidad epistemológica. Por tanto, lo que hay que transformar, impulsar o retrasar no es la tecnociencia, sino el marco social que posibilita o impulsa sus diversas aplicaciones.”

Aquí hay debate, hay filósofos que plantean, al diferenciar entre ciencia y tecnociencia, que esta última es en definitiva un producto del capitalismo, destructor al fin, sin esa dualidad. Lo que tengo claro es que los riesgos no son necesariamente mayores cuanto más grande la calidad epistemológica.

No solo está su capacidad destructiva, las bombas; de control social y represión, Snowden; contaminante, cambio climático; iatrogenia ; control ideológico, fetichismo de la tecnología y autoritarismo cientifista. Por todo esto hace falta una sociedad organizada, que tenga como eje un materialismo consecuente (racional), para que se aplique en todos los ámbitos (ciencia, filosofía, historia, política) para así combatir las “malas aplicaciones” de esa ciencia, o para desmontar la tecnociencia y volver a una ciencia que busque el conocimiento per se.

Pero yo querría llevar esta reflexión un poco más allá. La supeditación de la ética y la política a la tecnociencia tiene muchas consecuencias. Por ejemplo, el falso debate de si los transgénicos son seguros o no esconde otro muy importante. ¿Los necesitamos? ¿Por qué tenemos que ceder? Es que es una cuestión moral, a lo mejor es que queremos seguir cultivando nuestras semillas, o no. La eficiencia no puede estar por encima de la moral y la política, eso es lo contrario a democracia, y desde luego eficiencia es capitalismo… y socialismo real, atención. Y es que “está claro que la cuestión de valores nunca es demostrable. Como decía Einstein: No se puede demostrar que no haya que exterminar a la humanidad.”

Otro tema muy importante es el de la divulgación. Se dice que la divulgación científica es para “educar” a la gente, en realidad lo que se hace es divulgar para que la gente no decida, sino que lo haga la “ciencia” por ellos. Mientras, se les llama ignorantes. Y que decida no la ciencia, sino determinados estamentos científicos sobre temas sociales: vacunas, transgénicos, químio, estatinas… ¡alcohol [iv] !

Es evidente que es por una cuestión ideológica. Y en ese sentido hay un hilo de continuidad desde el sueño irracional tecnófilo de plátanos que curan la ceguera, hasta el proyecto de investigación más básico que intenta entender el funcionamiento de CRISPR .

Filosofía y epistemología en la tecnociencia

¿Cómo es posible que en el mundo del conocimiento no se le dé apenas importancia a la epistemología? Quizás la tecnociencia [v] , mano derecha de la lucha contra la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, sepa que la epistemología puede descubrir sus carencias u ocultas intenciones. Esa Universidad ideologizada quiere ocultar que la ciencia es una fuerza productiva, radicalmente histórica, parte de la cultura del capitalismo. Al igual que nos esconde la verdadera fuente de la riqueza, nos convence de que todo aquello que no haya sido etiquetado como “científico” no merece credibilidad. Para ello moviliza a todo tipo de predicadores como Carlos Elías [vi] para enseñarnos a detestar la filosofía por “inferior, irracional e inútil”.

Sin embargo, la filosofía trata temas que no se pueden resolver sólo desde los hechos, y no podemos tratar únicamente desde los hechos el cómo se hace ciencia y sobre todo para qué y cómo se aplica, la tecnociencia. Ahí hace falta filosofía (y mucha política).

La filosofía idealista nos inculca que al igual que la codicia, la ciencia es innata al ser humano, por su espíritu curioso, ávido de explicar los fenómenos de la naturaleza. Pero tal como nos explica Echeverría [vii] , desde la 2a gran guerra ese tipo de ciencia deja de ser predominante para pasar a serlo la “Big Science” y después la tecnociencia.

Al final el ser humano lo que siempre ha pretendido es sobrevivir en su ambiente, para ello tenía que conocerlo, para interpretarlo, y daba un poco igual si el sol giraba en torno a la tierra. Pero al convertirse la ciencia en una fuerza productiva, esta necesita ser muy eficiente, por eso el esfuerzo ingente durante el siglo XX para mejorar la “calidad epistemológica” de la ciencia, pero como decía antes, no en todas las ramas de la tecnociencia.

En mi opinión, el fuerte reconocimiento social de la ciencia frente al de la filosofía viene de que durante décadas se ha impulsado un fuerte fetichismo de la tecnología. Es un clásico que los “cuñados” sepan los caballos de vapor que tiene su coche o qué medicina hace falta para cada síntoma, sin realmente entender ni superficialmente lo que significa.

Hubo un tiempo en que música se enseñaba en la facultad de matemáticas y física era filosofía natural. Pero esto es intolerable para el cientifismo y su dominación ideológica sobre la creación de conocimiento. Esa ideología imprime la idea de que solo aquello que lleva a resultados concretos es útil, hasta el punto de que los defensores de la filosofía en el ámbito científico lo hacen en términos de utilidad. Sacristán nos enseña que sí, la filosofía es útil, pero porque precisamente nos defiende de la “calidad epistémica de la ciencia”, yo añadiría que también de la mala calidad de la misma en ramas como las ciencias de la vida.

Gracias a Sarrión, podemos conocer la visión crítica de Sacristán hacia filósofos de la ciencia como Russell que tanto explican de la actualidad, del material ideológico del cientifismo, que pretende explicar (y por tanto justificar) lo político desde lo natural o filosófico, igualando “con un mismo criterio a César y a Robespierre, o el paso de Moctezuma a Cortés y el del Zar a los soviets”, tan útil al poder. Poniendo a los seres humanos como mera “agrupación zoológica”, en un biologicismo tan en boga en nuestros días.

Con Carnap nos introduce en un mundo al menos para mí totalmente desconocido, el de las probabilidades desde una aproximación filosófica. ¡cuánta falta nos haría a los científicos entender a Carnap o a Quine!

Uno de los filósofos más denostados por los cientifistas es Popper. Confieso que no lo conocía hasta que leí al ya mencionado Carlos Elías. Pero ojalá los científicos, especialmente los de ciencias de la vida, lo conociéramos. ¡Qué bien nos vendría saber un poco de lógica! Pasa por ejemplo cuando hacemos (continuamente) condicionales contrafactuales:

La mayoría de los experimentos surgen de “un gen tiene una función”, entonces, si la ausencia de ese gen produce un fenotipo, de ahí deducimos la función. Pero el postulado “un gen tiene una función” no tiene por qué ser cierto, es más, a menudo es falso. El concepto gen también es difuso. Así construimos todo el castillo teórico, sobre naipes.

¿Por qué no hemos conseguido aún una vacuna contra el SIDA? ¿Por qué no es posible, porque como dicen es una cuestión de tiempo y recursos, o es que como se dice en inglés, el approach, el enfoque, está equivocado y es un problema epistemológico? Yo creo que hay mucho de esto. El reduccionismo imperante en biomedicina impide entender y cuestionar los procesos biológicos desde otro prisma, siempre materialista, ojo. Lo de la medicina basada en la evidencia es a menudo una falacia. Yo no tengo ni de lejos una solución al problema, pero apuesto a que un poco de Sacristán ayudaría.

Sacristán, pragmático, con los pies en la tierra, critica la teoría del método científico de Popper [viii] . Sin denostar, con rigor y elegancia. Sin Sarrión la mayoría de los mortales no podríamos tener acceso a este análisis. Mientras tanto, los cientifistas mediocres atacan a Popper desde planteamientos infantiles como: un filósofo no puede hablar de ciencia porque no la entiende. Y nosotros los científicos, ¿entendemos a Popper cuando lo leemos?

Me complace traer a colación a un conservador tan redomado como Popper para ejemplificar que para entender las cosas hay que estudiarlas, y que el creerse de izquierdas
no da automáticamente comprensión al que no se molesta en estudiarlas. 

En mi artículo [ix]  sobre los escépticos esbozaba el componente ideológico [x] de la investigación. ¿Hay una ciencia objetiva, o toda está imbuida en ideología?

Kuhn planteaba que las teorías científicas no se suceden unas a otras porque unas queden refutadas por hechos nuevos o por el incumplimiento de tesis viejas, sino que los cambios de teoría obedecen más bien a cambios de mentalidad y de visión de los científicos. Es decir, podríamos interpretar, a cambios de ideología. Además, critica la noción de paradigma porque, tal cual la usa Kuhn, es buena para la ciencia antigua y medieval (y para la filosofía, el arte, etc) y mala para la ciencia moderna. Sobre todo en la medida en que ésta se desprende de intuiciones exógenas y subraya el artificio, la práctica interna. Yo leo esto, y la verdad, no puedo dejar de estar de acuerdo. Pero para Sacristán el problema es que Kuhn realiza un estudio sobre los científicos como individuos, y no del producto cultural que es la ciencia: “Esa es la limitación histórica: hace sociología de los individuos, no del producto o cosa. Está ignorando el producto cultural que es la ciencia, “se convierte en negación de la influencia social global, de la cultura, en los grupos de especialistas.” Así, criticando al idealismo de Kuhn, nos permite acercarnos al filósofo para aprender de manera crítica y materialista.

Es muy interesante cómo Sacristán critica a Mosterín, lo llama “optimismo cientifista”. Aparentemente Mosterín dice en su obra que la crisis en las ciencias sociales son debidas a una desigual aplicación de la racionalidad tecnológica en esas “ciencias” y en las ciencias naturales. Sacristán lo rebate muy elegantemente, y de manera muy útil en nuestros días: Existe la micro y la macroracionalidad. Se puede estar de acuerdo en que muchos ámbitos de las ciencias sociales (y de las terapias alternativas o pseudociencias añadiría yo) son irracionales en lo micro. Pero ¿no existe una “macroirracionalidad del conjunto del sistema de producción-economía-ecología” del que se nutre la tecnociencia en la actualidad? En plata, es tan irracional pretender que la homeopatía tenga efectos biológicos como el que el arroz dorado [xi] sea un remedio contra la ceguera por deficiencia en vitamina D. Siendo muy importante el que Sacristán apunte que no se pueden generalizar “los criterios de racionalidad”.

La última parte sobre su relación con Marx es muy importante porque vincula Ciencias naturales, Ciencias sociales y creación de conocimiento. Desde la izquierda se ha hablado de la ciencia marxista. ¿Es esto así?

La capacidad de Sacristán para analizar a autores como Marx, y “criticarlos”, desmitificarlos, pulir sus afirmaciones, resaltar contradicciones, y matizar problemas es asombrosa. Por ejemplo, como el que Marx diferenciara modo de exposición e investigación, siendo para Marx el modo de exposición también creativo, algo problemático en las ciencias, pero en mi opinión frecuente cuando se incorporan apreciaciones y especulaciones a las teorías científicas.

Otro aspecto interesante es cuando dice que hay que distinguir ciencia de crítica, pero la 1a no puede vivir sin la 2a. Tanto el científico como el ciudadano comprometido tienen que entender esto bien. La crítica puede llevar a la parálisis, a la conspiración burda, al pesimismo epistemológico (si puedo usar esta expresión) del Kuhn mal leído.

Sacristán critica el abuso de la dialéctica.

No considera positivo, por ejemplo, el intentar explicar fenómenos científicopositivos mediante leyes de la dialéctica, como el uso que hace Engels de la ley de la mutación de la cantidad a cualidad para explicar los hidrocarburosOtras veces no se trata de simples inutilidades, sino que la dialéctica provoca errores. Así lo sería el pretender como científico deducir elementos sobreestructurales a partir de elementos estructurales.

Yo intentaba aplicar la dialéctiva a la biología de sistemas o a la respuesta celular a un tóxico, un fracaso rotundo.

Una característica del libro es su hilo conductor: la contradicción continua entre positivismo y fatalismo, idealismo y materialismo, ciencia y “filosofía” (mal entendida).

Nos hace falta filosofía de la ciencia tanto para no caer en el idealismo de Lukács como para no fetichizar los ensayos clínicos y creer que el efecto del tratamiento sobre la media de una población significa que el tratamiento funcionará para todos.

¿Qué tiene que ver Marx, Lukács, con la ciencia? “Ambos, Gramsci y Togliatti al igual que Lukács, buscaron al Marx “dialéctico revolucionario” a través de un idealismo, frente a la interpretación socialdemócrata.”

El investigador científico, continuamente, razona de manera idealista para buscar el conocimiento. Interpreta los genes o la energía desde el idealismo, con datos, sí, pero el proceso de creación de la teoría es idealista.

Así, “la estimación del papel revolucionario del proletariado está dado por su conciencia empíricamente observada” igual que el papel director del diseño de un organismo del ADN hay que demostrarlo empíricamente, algo que falla estrepitosamente en organismos pluricelulares.

En mi época más cientifista era un acérrimo seguidor de Althusser. Me dio las herramientas para entender el mundo y el por qué Marx se equivocó en sus ”predicciones”. Cuando Sacristán lo tacha de cientifista me explota la cabeza: La reacción anti-humanista de Althusser es, en mi opinión, útil para contrapesar la tradición retórica excesiva sobre todo en la falsa precisión de cierta producción francesa.

Exacto, en mi juventud militante, la frustración que me causaba tanto el inmovilismo social como el cinismo militante que acusaba a los trabajadores de egoísmo, me llevaron a buscar causas científicas al inmovilismo, y las encontré en Aparatos ideológicos de Estado (Althusser). Igual que cierto sector derechoso reivindica mayor presencia de científicos en el parlamento como solución (tecnocrática) a la crisis política en la que estamos. Pero la estimación de los grandes fines no “demostrables” es una operación no-teórica en sentido estricto, una operación filosófica y política, de razonamiento sólo plausible.

Lejos de mí querer comparar los loables intentos de Althusser de separar en Marx lo idealista de lo científico con los autócratas que quieren reducir la democracia a un órgano consultivo de los científicos.

Los biólogos y los “científicos médicos”, tal como Althusser, son escolásticos, un cultivador de lo que yo suelo llamar la falacia de la falsa exactitud, del rigor falso, y… ahí la exactitud es para morirse de risa.

El esfuerzo que hizo Sacristán para criticar tanto el idealismo voluntarista de Gramsci, resultado de su reacción al positivismo socialdemócrata, y al cientifismo de Althusser, fruto en mi opinión de una época de derrota, donde el PCUS reconoce las purgas, es el que tenemos que hacer desde la ciencia humilde, y reconocer la existencia de ámbitos de racionalidad más allá de la ciencia, determinados por necesidades prácticas de la humanidad… En esa consideración juega un papel importante la comprensión de Sacristán acerca de las limitaciones (y virtudes) del método analítico-reductivo de la ciencia.

Se trata de no cejar en la defensa de la racionalidad a través de la recuperación de la alianza ochocentista entre ciencia y movimiento obrero.

Notas:

[i] La financiarización de la economía. La especulación reduce el interés del capital en mejorar los procesos productivos y más en mercantilizar toda la sociedad, incluido el proceso científico.

[ii] Un ejemplo paradigmático son las estatinas, las pastillas contra el colesterol. No se sabe si en la mayoría de los casos una reducción del LDL reduciría el riesgo de muerte por infarto, aún así las toman el 30% de la población.

[iii] https://medium.com/cartas-desde-el-imperio/rogue-one-8-se-creen-que-somos-tan-listos-62030e9d0f32?source=linkShare-270181d88198-1509782499

[iv] Hay todo un movimiento neopuritano que llama a la abstinencia por el riesgo a la salud del consumo moderado de alcohol.

[v] En el libro aparece a menudo este concepto. Para profundizar en él recomiendo “La revolución tecnocientífica” de Javier Echeverría.

[vi] Me refiero a su libro La razón estrangulada de obligatoria lectura en el máster de la UNED.

[vii] Para profundizar en esta idea, al libro de Echevarría, “La revolución tecnocientífica”.

[viii] Mi impresión es que la teoría de la falsabilidad tiene un alcance meramente teórico. Que Popper cree que ella le evita el problema de la inducción en la fundamentación y en todo caso. Pero con la teoría de la refutabilidad puede también evitarse el pseudo problema de la fundamentación por inducción. Y cuando se trata del aumento de la ciencia, ni la teoría de la falsabilidad elimina los problemas de la abstracción y de la inducción.

[ix] https://cienciamundana.wordpress.com/2017/03/23/de-los-escepticos-y-la-falsa-imparcialidad-de-la-ciencia/

[x] Por ideológico no entiendo partidista, sino cultural, aprendido, histórico, etc.

[xi] http://www.fuhem.es/ecosocial/articulos.aspx?v=10013&n=0

@cienciamundana

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=241879

Anuncios